Yo no sé si tanto ver cine y leer críticas no me ha servido de nada, o si todos los críticos están ansiosos por descubrir a un nuevo Genio del Séptimo Arte. Me explico. Llevo toda la vida amando el cine, disfrutando con él, y poco a poco se han ido deshaciendo prejuicios que tenía contra ciertos géneros o directores. Creo que soy de mente abierta y gusto amplio, igual que también considero que no tengo mal paladar para las buenas películas, así que cuando he visto Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas y no me he derretido por dentro de placer mientras la veía, he pensado: "Aquí hay un problema: o las críticas entusiastas que he leído sobre ella exageraban, o yo no sé discernir cuándo una película es excepcional". Siendo mucho más probable lo segundo que lo primero, no deja de sorprenderme ese afán de los críticos, como decía antes, por ser descubridores de gemas exquisitas -si es en cinematografías exóticas, mejor que mejor- cueste lo que cueste.
No se trata de que la última película de Apichatpong Weerasethakul -¡toma nombre para memorizar!- haya obtenido la Palma de Oro en Cannes (hay muchas palmas de oro que no me han parecido nada del otro mundo), sino de que su estreno en España (y en las crónicas del festival de festivales) ha venido precedido de una catarata de críticas deslumbradas, reverenciales, ante el que muchos consideran un cineasta con mayúsculas, uno de los llamados a renovar el lenguaje cinematográfico. Y yo he leído muchas de ellas, y tenía unas ganas enormes de disfrutar ante el motivo de tantas loas. Y lo que he visto me ha gustado bastante, pero no ha producido la conmoción estética que yo esperaba y deseaba, y eso me ha dejado con mal sabor de boca. Dicho esto, pasemos a la película.
Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas nos cuenta los últimos días ese tío Boonmee del título (¿por qué habrán conservado el inglés en el título español?), que vive en la selva, en una casa sencilla pero agradable, y que es dueño de un terreno donde trabajan varios peones. Para acompañar a Boonmee han venido de la ciudad un enfermero y cuidador -Boonmee tiene un problema renal grave- y la cuñada del enfermo. La película nos narra, de forma sencilla y a la vez enigmática, los pequeños actos de esos personajes y otras historias que el espectador ha de averiguar cómo ensamblar con el conjunto -la huida de un buey al principio, un cuento fantástico-erótico y un final desconcertante). En medio de un ritmo sereno, plácido, donde la inminencia de la muerte no provoca nervios, ni llantos, ni dramatismo alguno -el enfermo se refiere varias veces a su propia y cercana muerte sin atisbo alguno de pena-, circundados por una selva espesa, hermosa y misteriosa, mientras charlan después de la cena en el porche, vienen a visitar a estos personajes el fantasma de la mujer de Boonmee, muerta hace muchos años, y el hijo de ambos, que regresa convertido en un espectro peludo de ojos rojos, a medio camino entre el hombre-lobo y Chewbacca. Ambos seres se sientan en el porche con los vivos, cuentan cómo les va en su existencia de no-vivos, y los vivos les hacen preguntas sobre el más allá- con la misma naturalidad con que hablarían con ellos si vivieran. La película resulta fascinante, sobre todo, por el poderío visual que el director sabe imprimir a sus imágenes, por su capacidad para sugerir sin mostrar, por el modo en que, durante dos horas, el espectador se sumerge en una experiencia diferente a cuanto haya visto antes. A mí me resultó especialmente turbadora la coexistencia de la vida y la muerte, con una armonía difícil de encontrar en las cinematografías occidentales. Claro que no sé si eso es mérito del director o una característica cultural o religiosa de la zona. Lo que sí es mérito del director son las imágenes, que son sencillas y al mismo tiempo misteriosas, poéticas. Al parecer, para apreciar todo el potencial de la película -según las críticas y las entrevistas hechas al director-, habría que conocer el cine popular thailandés, porque toda la película es un homenaje a esas diferentes formas de cine popular, lo cual hace que un espectador occidental se pierda ese disfrute -a excepción de los críticos, claro-; además, y siempre según los críticos, la película es una reflexión sobre el mismo cine, sobre su capacidad fantasmática (sic). Yo, por supuesto, no he captado nada de eso, pero ello, además de la oleada de alabanzas que la precedía, no ha obstado para que haya pasado un muy buen rato disfrutando de un mundo absolutamente diferente al nuestro, donde la vida y la muerte coexisten sin violencia, y donde lo real y lo extraordinario se traban de forma natural y sorprendente.
