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domingo, 28 de agosto de 2011

Treme (2ªTemporada)



El último proyecto hasta la fecha de David Simon (y de Eric Overmyer), el creador de la insuperable The wire, es esta nueva serie, Treme (léase Tremé), que ya va por su segunda temporada. En lugar de Baltimore, Simon elige una ciudad emblemática: New Orleans, en concreto la ciudad devastada unos cuantos meses después del Katrina. Por supuesto, en la serie se critica al poder (en cualquiera de sus manifestaciones) que intenta enriquecerse a costa de la desgracia ajena, insensible al dolor. Pero -y ésta es la gran diferencia con respecto a The wire- en Treme hay un canto al ser humano, que, en contra de todos los poderes y a pesar de todas las desgracias, intenta  tirar hacia adelante y busca arreglar su vida, su casa, su barrio, su ciudad. No siempre lo consigue, pero ese esfuerzo positivo por ser feliz, por tener alegría, por disfrutar (del amor o de la música o del mardi gras, tanto da) es uno de los factores que convierten Treme en una fuente inagotable de sonrisas en el espectador. La serie nos cuenta cómo intenta rehacer sus vidas después de la tormenta un manojo de personajes (muy pocos si los comparamos con la serie anterior de Simon): Antoine Batiste es un músico de jazz mediocre, casado, mujeriego, que vive a salto de mata, simpático; David McAlary trabaja en la radio y es inestable, nervioso, dicharachero, ideador de grandes proyectos; Albert Lambreaux es un testarudo viejo que regresa a la ciudad para vivir allí y para continuar con su tradición de indio en el Mardi Gras; su hijo, Delmond, es un jazzman culto que vive en New York y tiene que apechugar con un padre no demasiado razonable; Ladonna, la primera mujer de Antoine Batiste, rehizo su vida junto a otro hombre y, aunque podría llevar una vida más relajada, se ha empeñado en arreglar y mantener el bar que creó su padre; la familia Bernette (abogada, escritor, hija adolescente) intenta sobrevivir durante toda esta temporada a una tragedia familiar que ocurría en la primer temporada; Janette es una chef que, después de su fracaso laboral en la primera temporada, intenta salir adelante en los fogones neoyorkinos; Annie y Sonny, que fueron pareja, intentan ahora vivir nuevas vidas, ella junto a Davis, tocando el violín donde puede, él luchando contra sus adicciones y buscando trabajo en cualquier banda, aunque sea la de Antoine Batiste. Y dos personajes nuevos que se suman al grupo en esta temporada: Nelson Hidalgo, un especulador sin escrúpulos que ha acudido a la ciudad a aprovecharse del río revuelto, y Terry Colson, un honrado policía que se enfrenta a la institución a la que pertenece al intentar ayudar a Toni Bernette en el esclarecimiento de un crimen acontecido en los días que siguieron al Katrina.
Y la música. Jamás en ninguna serie o película la música ha jugado un papel tan decisivo como lo juega en Treme. Para empezar, el mismo título alude a un barrio de músicos especialmente vapuleado por el huracán, la delincuencia y la dejadez de las instituciones. En cada episodio la música es el marco -y el eje, en muchas ocasiones- del argumento, y, por tanto, está omnipresente. Una música que se convierte en metáfora de la tradición cultural de un pueblo: Lambreaux se empeña en que sus cantos indios sigan adelante -venga el huracán que venga-, y se sacrificará todo lo que sea necesario. El jazz de New Orleans, que muchos aficionados al jazz culto miran con desprecio o condescendencia, es una riqueza cultural que no hay que perder, y el hatajo de músicos perdedores que se dedican a él no lo hacen desde presupuestos intelectuales, preservadores, sino vitales: no pueden evitar vivir donde viven, amar la música que aman y dedicarse con toda su alma a ella. La música, así, se convierte de camino en metáfora de todo lo hermoso que puede crear un pueblo, de todo lo bueno que debe perdurar por encima del tiempo, de aquello que, al escucharla, nos hace disfrutar, bailar, vivir con los demás. La música es vida, y en Treme se desborda por los cuatro lados de la pantalla.
Desde el punto de vista cinematográfico,  los autores se decantan por una narración pausada, atenta a los pequeños gestos, impresionista, a medias volcada en lo íntimo y a medias en lo colectivo. Las interpretaciones -cada una de ellas- son de quitarse el sombrero, y la temporada carece de un argumento como tal: es la acumulación de pequeñas y grandes acciones de cada uno de los personajes lo que el espectador percibe, pero dispuestas de tal forma que también surge música de las imágenes, de la disposición de las secuencias. 
La serie es tan lenta, tan poco comercial, que uno se pregunta cómo es posible que haya alguien dispuesto a financiar productos como éste. Los milagros son así (y casi todos suceden en la HBO).




lunes, 15 de agosto de 2011

24 (5ªTemporada)



Jack Bauer vuelve a la carga, acompañado de su móvil -la batería más duradera del planeta- y sus inseparables colaboradores. Y, una vez más, vuelve a salvar el mundo (bueno, Estados Unidos, que es como su metáfora). En este caso, la amenaza (sólo cuento el principio, para no desvelar los giros del guión) proviene de unos terroristas rusos que pretenden usar un gas que todo el rato llaman nervioso. El arranque de la temporada es soberbio, y la conclusión a la altura de la paciencia que el espectador ha invertido en su visionado. El problema es la fórmula, que, después de cuatro temporadas, ya está más que agotada. La capacidad de sorpresa del espectador ya está más que machacada. Uno sabe, al comenzar la serie, que:

1. Hay un traidor, o varios, dentro de la WAT.
2. Bauer va a seguir adelante gracias a última tecnología y a su suma sacerdotisa, Chloe.
3. Las instituciones van a jugar en contra del protagonista.
4. El final es agridulce.
5. Los protagonistas tienen que sacrificar su felicidad personal.
6. Un presidente (ficticio) de los Estados Unidos va a jugar un papel clave en la historia.
7. Los terroristas suelen ser europeos.
8. La cámara es nerviosa, y siente preferencia por los ambientes oscuros y nocturnos.
9. Cualquier problema en manos de Bauer va a solucionarse, antes o después.
10. Habrá varias escenas de tortura -siempre con buenos fines- a mano de Bauer.
11. Todo sucede contrarreloj, y las crisis se solucionan en el último segundo.

A pesar de todo esto, hay que decir que se trata de un producto audiovisual impecablemente realizado, muy bien narrado, solvente. Sus creadores han cogido a Harry Callahan, James Bond, Houdini, Indiana Jones y a MacGyver y han creado a un personaje atractivo, y han sabido acompañarlo de personajes funcionales, sí, pero también atractivos. Chloe, por ejemplo (interpretado de forma soberbia por Mary Lynn Rajskub), la analista de la WAT con una insensiblidad social y una fidelidad a Bauer a prueba de bombas, va creciendo como personaje y en esta quinta temporada tiene un protagonismo que alegra al espectador, que a estas alturas ha aprendido a apreciarla. Los personajes están magníficamente interpretados -aunque no siempre poseen la suficiente profundidad psicológica-, y se ponen al servicio de la historia, del producto final. Especialmente notable es, en esta temporada, el dibujo del despreciable presidente Logan, interpretado de forma sorprendente por Gregory Itzin (cuánto se habría ahorrado Peter Jackson si lo hubiera contratado para interpretar a Gollum).
Aunque hay muchos elementos que satisfacen al espectador, es imposible no notar el cansancio, como decía antes, de la fórmula, que se ha acomodado y le da al espectador lo que éste demanda. La hipertrofia narrativa también, es evidente, acaba instalando en la cabeza del espectador la inevitable pregunta: ¿es necesario que cada temporada tenga 24 capítulos de una hora? Los guionistas sudan tinta china para llenar de tanta acción todo ese tiempo, y a estas alturas no es que hayan caído en el manierismo, es que hace tiempo que lo dejaron atrás. ¿Por qué no titular la serie 12 y contar lo mismo de una forma que no canse tanto?


martes, 31 de mayo de 2011

The wire



La gran novela decimonónica intentó mostrar la sociedad con el mayor grado de realidad posible. Su intención variaba según el autor, pero la crítica de las contradicciones personales y sociales era la más frecuente. En Guerra y paz o en Fortunata y Jacinta nos encontramos con novelas de andadura larga en las que sus respectivos autores quisieron mostrar la realidad de su tiempo tal cual ellos la vieron -ellos pensaban que la estaban mostrando tal cual era- y la sociedad de una forma pormenorizada -de ahí la abundancia de personajes, representantes de diferentes realidades sociales. Pero no era raro, además, encontrar a un mismo personaje apareciendo en diferentes novelas, como si cada una de ellas no fuera más que un episodio en la gigantesca novela del conjunto de la obra de su autor. De este modo, Balzac tituló al conjunto de su obra La comedia humana. Y los periodistas de la última temporada de The wire hablan todo el tiempo de la necesidad de un aliento dickensiano. No en vano Dickens, igual que los autores citados, se interesó en la denuncia de las lacras sociales en sus novelas.
Las series -las buenas, las serias, las que se toman al espectador en serio- tienen mucho de aquella novela del XIX, y de algún modo son sus herederas: también son de andadura larga, y, cuando son buenas, su mirada sobre la sociedad y el ser humano es crítica y compleja. En ese sentido -y desde mi punto de vista- ninguna serie ha llegado tan lejos en la representación de la realidad, de la sociedad capitalista de finales del siglo XX y principios del XXI como The wire. Aunque la acción transcurra en Baltimore, esa ciudad acaba alcanzando las dimensiones míticas -por representativas- de Vetusta o del Londres de Dickens. En ninguna serie se muestra un mayor número de vidas, todas paralelas, formando la urdimbre de un tejido social complejo. Vidas deleznables, agitadas, insignificantes, tranquilas, heroicas... El número de personajes de The wire es abrumador, y el espectador, avanzada la serie, tiene muchas veces la impresión de que lo que está viendo no es televisión ni cine, sino la realidad misma. ¿A qué se debe esto?
En primer lugar, a la forma en que está planteada la narración: atomizada, dispersa, escindida en multitud de tramas. Jamás una serie se tomó tanto tiempo en contar un caso policíaco. Lo que en otras narraciones suele durar una hora, dos como máximo, en The wire tarda trece horas, que es la duración normal de sus temporadas. Esa morosidad tiene la ventaja de que, en el camino, no sólo se nos ha narrado un caso policial, sino la vida de una ciudad entera, el funcionamiento de un sistema social. Porque la serie está atenta al individuo y sus particularidades, pero también al grupo social al que pertenece y al funcionamiento de la sociedad misma. Y el pesimismo que sus autores han derrochado deja al espectador desolado, anonadado al final de cada temporada: nada tiene remedio, los ricos seguirán ensimismados en su burbuja de privilegios, los políticos no podrán hacer nada para cambiar las cosas (o se aprovecharán de su posición para escalar en la jerarquía del poder, como Carcetti, o para enriquecerse, como Clay Davis), los marginados seguirán hundiéndose en el lodazal en que han nacido. El gran edificio del capitalismo se tambalea y la podredumbre socava sus cimientos de forma inexorable, creciente. En medio de un sistema inválido, corrupto, sólo la iniciativa personal puede intentar imponer valores como la justicia, el orden, la libertad. Pero para conseguirlo tendrá que enfrentarse a la ineficacia de las leyes, a la burocracia más exasperante, a la desidia de los que han de hacer que la ley se cumpla y al poder de los corruptos, que harán lo imposible por seguir gozando de sus privilegios. Y, evidentemente, esa iniciativa personal, que es lo único que en The wire puede redimir al ser humano, acaba fracasando (como en el caso de Colvin o McNulty) o trayendo funestas consecuencias para los que la intentan poner en práctica (Omar, Frank Sobotka). Dicen sus creadores que la estructura de la serie se basa en los principios de la tragedia griega, sólo que, en lugar de mostrar al individuo enfrentado al fatum, al destino trágico, en su serie lo han enfrentado a las instituciones sociales. Pero el resultado es el mismo.


En segundo lugar, llama poderosamente la atención el cuidado -y la complejidad, y la ternura- con que están dibujados los personajes, y es inevitable encariñarse con seres como Bubbles, Omar, Kima, McNulty, Lester, Daniels, Michael, Randy, pero también con los "malos" (Stringer Bell, D. Angelo, Avon Barksdale, Snoop): al fin y al cabo no tuvieron muchas oportunidades en el entorno en que vivieron. A ese respecto, la cuarta temporada es decisiva, ya que se adentra en el entorno social y educativo de unos chavales que no tenían más opción que convertirse en yonquis, en matones o morir en alguna esquina. Esa es la razón de que los "malos" dejen de ser el prototipo que siempre han sido para convertirse en seres complejos, a los que se presta tanta atención como a los policías, los políticos, lo yonquis... Todas las personas, independientemente de su clase social o su circunstancia personal, son merecedoras de una mirada atenta, y en The wire tienen la misma importancia.
También contribuye a ese realismo del que antes hablábamos la escritura del guión. Preciso, pausado, atento a los detalles significativos, se demora en la descripción durante capítulos para, de pronto, estallar en una violencia inesperada. Las muertes de personajes centrales suceden de improviso, y el espectador experimenta una sorpresa inédita. Todas las temporadas tienen un núcleo temático: la primera se ocupa de contar un caso de narcotráfico y la consiguiente escucha policial; la segunda, además de continuar con lo anterior, nos describe el mundo portuario de Baltimore y la decadencia de los sindicatos; la tercera muestra el ocaso del mundo mostrado en las dos primeras y el surgimiento de unas nuevas maneras que convertirán en bueno el mundo que acaba; la cuarta se centra en la educación de los jóvenes que tuvieron la desdicha de nacer en el lado equivocado de la ciudad y de la vida; la quinta muestra la decadencia del periodismo, ocupado en sobrevivir y, para ello, en la tergiversación de la verdad para hacer más atractivo el producto. Y la estructura siempre es la misma: después de bastantes capítulos descriptivos, minuciosos, la acción se dispara en los tres o cuatro capítulos últimos. Cada temporada concluye con una canción y, mientras suena, el espectador puede asistir, desolado, a cómo van a seguir las vidas que le han sido mostradas en esa temporada, en una sucesión de imágenes que rezuman belleza, tristeza e impotencia.
A pesar del pesimismo -que es brutal, quizá el más grande que yo he visto en televisión-, la profunda humanidad de la mirada de su creador, David Simon, vuelve absolutamente recomendable su visionado. Y eso a pesar de que la serie no es fácil de ver, tal es la profusión de detalles que hay que tener en cuenta para poder seguir la trama: son los inconvenientes de que el espectador sea considerado como un ser inteligente.
Quizá ha llegado el momento de dejar de distinguir entre cine y series y conviene hablar de productos audiovisuales, porque The wire no sólo es la mejor serie que un servidor ha tenido la oportunidad de ver, sino que también es una de las mejores películas -larguísima, eso sí- que no han pasado por las salas de cine.


domingo, 22 de mayo de 2011

Breaking bad (3ª temporada)



Weeds y Breaking bad comparten el mismo esquema argumental: sus protagonistas son personas normales y corrientes que, después de un incidente grave (la muerte del marido en la primera, el diagnóstico de cáncer en la segunda), para salir de una situación económica apurada deciden buscar dinero en el negocio de la droga. Esa decisión cambiará sus vidas, y los lanzará a un tobogán angustioso de sorpresas continuas, pero, mientras en Weeds el tono es amable, de comedia amarga e irónica, en Breaking bad el conjunto rezuma negrura. El profesor de instituto Walter White,  el sombrío protagonista, aprovecha sus conocimientos de química para cocinar metanfetamina y poder pagarse el carísimo tratamiento que necesita su cáncer de pulmón. Contacta con un antiguo alumno, Jesse Pinkman, para que le sirva como distribuidor. Y ése es el comienzo de una espiral que el espectador no puede ni imaginar, tal es la habilidad de los guionistas para colocar a sus personajes en situaciones inesperadas, lógicas y, muchas veces, absurdas. El tono, sin embargo, es pausado, contemplativo, como corresponde a una mirada existencial, amarga, sobre el ser humano y sus contradicciones. La oscuridad de la trama y de la mirada contrasta con la luminosidad casi hiriente de New Mexico, con unos desiertos desolados que sirven para mostrar los páramos anímicos de los personajes, encerrados en unas formas de vida insatisfactorias, muchas veces deleznables. La relación de Walter con su entorno -su mujer, Skyler; sus cuñados, Hank y Marie; sus hijos; sus compañeros de trabajo, su camello, sus clientes- se va deteriorando a medida que la situación avanza, y se va conviertiendo en un personaje cada vez más solitario, más callado, más violento... Por debajo del apacible, poco expresivo y manso profesor late el corazón de una bestia cuando se trata de defender a los suyos. Y, aunque los malos de la función son los capos a los que, de forma un tanto irreflexiva, se enfrenta, la policía y sus indagaciones -su cuñado Hank trabaja en la D.E.A.- lo van rodeando poco a poco, produciendo en el espectador una incontenible ansiedad. Hay capítulos (magistrales) que son auténticos tours de force: en ellos Walter se encuentra en situaciones de las que es imposible salir indemne, y, sin embargo, los guionistas conducen al espectador de sorpresa en sorpresa (todas lógicas, ninguna caprichosa) hasta unas conclusiones de temporada literalmente magistrales. El uso de imágenes distorsionadas, con colores sombríos o saturados, la ausencia de música -excepto la que proviene de fuentes reales en la trama- y la extrema violencia de algunas de sus imágenes, crean un todo voluntariamente asfixiante y kafkiano. La alternancia entre quietud, parsimonia y los estallidos súbitos de violencia, establecen un vínculo con Los Soprano. Y en más de un nivel. Si lo pensamos bien, una buena parte de las series actuales tiene como tema la revisión de la familia americana sometida a un elemento desestabilizador. Los Soprano, Weeds, Breaking bad, A dos metros bajo tierra, Big love... Los tiempos actuales necesitan una visión actual, realista y alejada de tópicos sobre los temas de siempre. Así ha sido siempre en la historia del arte, y las series actuales realizan esa labor de forma mucho más efectiva que el cine de nuestros días.


martes, 12 de abril de 2011

En terapia (3ªTemporada)




El doctor Paul Weston tiene nuevos pacientes: Sunil, un hombre maduro hindú que, tras enviudar, abandona su tierra natal para vivir con su hijo, la nuera y los nietos, y que se siente atrapado, asfixiado, en un mundo que no comprende y cuyos valores desprecia; Frances, una actriz que, tras años de inactividad, ha vuelto a los escenarios y que esconde unas relaciones familiares problemáticas; Jesse, un adolescente adoptado que tiene que bregar con su carácter irascible, con su tendencia a mentir, con su homosexualidad y con unos padres biológicos que quieren ponerse en contacto con él. Por último, y finalizada la relación con Gina, Paul recurre a una terapeuta para tratarse en un momento crítico: cree estar teniendo los síntomas de la enfermedad que mató al padre, el Parkinson. La terapeuta se llama Adele y, a pesar de su juventud, demostrará llevar bien cogidas las riendas de su profesión. 
Para los que siguieron las dos temporadas anteriores, nada nuevo. Un muestrario de debilidades humanas, de situaciones desesperadas o cotidianas que producen dolor, de personajes creíbles y actores deslumbrantes, que consiguen abrir su intimidad lentamente, de forma natural, pasmosa, produciendo en el espectador la auténtica sensación de estar asistiendo a la contemplación del interior de un alma humana (aunque todos los actores están soberbios, las actuaciones de Debra Winger -Frances- y Amy Ryan -Adele- son, sencillamente, portentosas). A ello contribuyen la planificación de los capítulos -ese tête a tête entre doctor y paciente-, el sabio uso de las elipsis, el escenario (casi) único: la consulta de Paul Weston, esa alma atormentada que tiene que infundir ánimo y afán de mejora en la de sus pacientes. Y, junto a las interpretaciones, unos guiones espectaculares en su sutileza, en su trabajo de insinuación, de autenticidad. Resulta muy llamativa, en estos tiempos de narración fascinante, espectacular, visual, la declarada voluntad de despojamiento de esta serie que, definitivamente, nada contracorriente. En los tiempos de la acción, reposo y tranquilidad; sólo dos personajes por capítulo, en un plano/contraplano, en los tiempos del entretenimiento. Y, sobre todo, diálogo, mucho diálogo, como camino para llegar al interior de los personajes. La iluminación -en penumbra-, la música -muy escasa- y los conflictos personales abordados conducen a una melancolía que lo impregna todo, una visión de tristeza irremediable ante la vida. Pero, junto a la tristeza, encontramos siempre una mirada compasiva sobre el ser humano, tan frágil y tan capaz, al mismo tiempo, de enfrentarse a sus propias limitaciones y a su dolor. 
Resulta milagroso que, hoy día, alguien sea capaz de producir una serie tan absolutamente anticomercial como ésta, y, aunque la idea general está extraída de una serie israelí, la mirada sobre la intimidad humana de la versión americana procede directamente del mejor Rodrigo García (el de Cosas que diría con sólo mirarla, Nueve vidas, Mother and child y bastantes episodios de A dos metros bajo tierra).


domingo, 13 de marzo de 2011

Downton Abbey



Cójase un buen trozo de Arriba y abajo; añádasele el aroma de las novelas de Jane Austen, la estructura de un culebrón (contenido, como corresponde a los británicos), la intención de Gosford Park y el mundo de La regla del juego, y saldrá un producto bastante parecido a Downton Abbey, una serie de siete capítulos de una hora en la que el creador, Julian Fellowes, consigue una narración fluida, atenta al detalle, con un montón de personajes que al espectador no le resulta difícil seguir (Casciari ensalza sobre todo esta característica) ni identificar. Pero lo auténticamente meritorio es que, contándonos otra vez la misma historia, volvamos a picar el anzuelo y nos dejemos seducir por ese mundo habitado a la par por señores y criados, un mundo de normas rígidas que vuelve casi irrespirables las vidas de quienes lo habitan. 
La serie comienza cuando llega a Downton Abbey -la propiedad en torno a la cual girará gran parte de la trama- la noticia de que los herederos naturales de los condes de Grantham, que sólo tienen hijas, han fallecido en el hundimiento del Titanic. Esa noticia, y la posterior llegada del heredero más cercano -un aristócrata pobre, más próximo a la clase media que a la encopetada familia que habita el lugar- convulsionará un manojo de vidas y servirá al creador y guionista de la serie para mostrar un mundo en decadencia: de hecho, son frecuentes en la serie las alusiones a los nuevos cambios que están llegando (la electricidad, las cosechadoras, el teléfono, la lucha por el voto femenino) y que la rígida aristocracia tiende a rechazar sistemáticamente. Una clase social incapaz de adaptarse al cambio de los tiempos, y necesitada al mismo tiempo de ello, porque es consciente del absurdo del mantenimiento de según qué viejas tradiciones familiares. El piloto especialmente consigue la difícil tarea de mostrar dieciocho vidas entrecruzadas y perfectamente delimitadas. Dieciocho vidas sometidas a la esclavitud de la tradición y sus secuelas, los prejuicios; obligadas a reprimir los deseos y, de no hacerlo, a vivir en una continua hipocresía. 
Conforme la serie avanza, la dureza en la descripción de ese mundo se va ablandando y todos los personajes -excepto dos, los malos de la función-, por debajo de los rituales y los envaramientos, son dignos de aprecio, compasión y cariño. El hecho de que los señores sean benévolos, paternales, generosos, acaba restando tensión (social) dramática, y la separación entre buenos y malos (éstos últimos, de campeonato) acaba inscribiendo la serie en el terreno del culebrón. Un culebrón magníficamente elaborado, cuidado hasta en sus mínimos detalles -bendita ambientación británcia-, un gozo para la vista, la inteligencia y el resto de los sentidos, pero un culebrón al fin y al cabo. Un mundo y una estructura perfectamente reconocibles, que hacen sentirse al espectador como en casa, una casa con mucho lujo a la que, de vez en cuando, le apetece volver para pasar una temporada.


domingo, 6 de marzo de 2011

Episodes



Me habría gustado hacer una introducción como dios manda para esta reseña, pero acabo de ver el último episodio de Episodes -valga la redundancia interlingüística- y no puedo elaborar un discurso coherente: tan boquiabierto y entusiasmado estoy. Son siete episodios producidos por la BBC y Showtime -la misma de Dexter y de Weeds-, con un ritmo endiablado, un guión insuperable y unos actores, como se suele decir en las críticas, en estado de gracia. El argumento, contado aquí, va a sonar a trillado, pero los guionistas saben extraer oro puro de la situación: Sean y Beverly, dos exitosos guionistas ingleses galardonados en los BAFTA por cuarto año consecutivo, son contratados por un productor norteamericano para realizar un remake de su serie en los E.E.U.U. Pero a medida que el lujo del país, el mal gusto del productor y otras circunstancias empiezan a dar zarpazos a la distinguida serie británica, todo se empieza a liar. De entrada, el personaje del viejo, inteligente y cultivado director de una residencia de estudiantes ha de ser interpretado por ¡Matt LeBlanc! (sí, el Joey de Friends, que en esta serie se ríe de sí mismo, de su personaje y del mundo entero), cosa que obliga a los guionistas a ir cambiando elemento tras elemento... La crítica a Hollywood, a la falsedad, la simpleza y el mal gusto americanos, a los ingleses y su  mal disimulado complejo de superioridad con respecto a los primeros, a su larga historia y sus tópicos -la ironía, el té, la clase-, todo se mezcla en una obra graciosa, con chispa, que recuerdan en el tema a El juego de Hollywood (¿recordáis cómo iba cambiando la historia y el cásting de la película dentro de la película?), pero con un tono de comedia amable, algo ácida, que deja en el espectador ganas de mucho más. Siete capítulos de media hora que cierran la historia pero que podrían -y espero que así sea- ser continuados en un futuro inmediato si las audiencias son propicias. Hay gags memorables -la puerta que habla cuando se abre, las columnas de mentira-, situaciones ingeniosas, personajes tiernos o grotescos (o tiernos y grotescos, como el de Matt LeBlanc) y un profundo amor por la historia que se está contando. Hay tanto cachondeo sano (y malicioso) sobre las dos maneras de ser y de hacer las cosas (la británica y la norteamericana), que a uno le gusta imaginar que el guión ha sido escrito a cuatro manos por un matrimonio mixto: un cónyuge de cada país. Pero no es así: está firmado por Jeffrey Klarik y David Crane (uno de los creadores de Friends), y es de lo más redondo que un servidor ha visto en comedia en los últimos años. 




miércoles, 19 de enero de 2011

Luther




Acabo de ver el último episodio de esta miniserie (en total, seis), y estoy realmente asombrado. No esperaba, cuando vi los dos primeros, que la serie fuera a tomar el giro que acaba tomando. Al principio, he de reconocerlo, lo único que me atraía era que el papel protagonista lo interpretaba Idris Elba (el Stringer Bell de The Wire), que es un actor que me gusta muchísimo. Vistos los dos primeros episodios, sufrí una pequeña desilusión: aunque la trama era interesante, había una superabundancia de lugares comunes: Luther, el policía del título, es heterodoxo y se encuentra en una difícil situación personal (se está divorciando y su mujer, a la que ama todavía, está con otro); además, le cuesta dominar sus impulsos violentos; además, está especializado en casos de psicópatas. ¿Cuántas veces hemos visto estas mismas características en un policíaco, sobre todo a partir de El silencio de los corderos?
Cada capítulo nos cuenta un caso distinto, pero a partir del tercero la trama habitual empieza a cambiar y cada pieza comienza a ocupar un lugar diferente del que esperabas. Las interpretaciones y el montaje tienen nervio, y la ambientación y la luz -grises, deprimentes, como corresponde a una mirada a las porquerías del ser humano- nos invitan a la intranquilidad y a la desolación. En fin, que parece que fuera de la HBO hay vida inteligente para las series (aunque se trate de series sin grandes pretensiones, como ésta).
Me ha hecho gracia ver a Idris Elba en otro papel diferente. Para mí era el sinuoso, frío y fascinante lugarteniente del capo Avon Barksdale, en unas cuantas temporadas de The Wire, y me acostumbré a esa forma de andar, de mirar, de hablar. Aquí es un hombre maduro, hundido por las circunstancias, impulsivo, violento, sentimental, desgarrado. Dos personas diferentes, y no me lo esperaba. Como tampoco me esperaba verlo en un producto de la BBC, ese otro marchamo de calidad.


sábado, 25 de diciembre de 2010

The walking dead

No pude evitarlo: todo el tiempo me estuve acordando de La carretera, sólo que los hombres malos de aquella peripecia, los caníbales que me tuvieron pegado al asiento, en esta ocasión son zombis. Pero el mundo es el mismo: una atmósfera apocalíptica, donde la civilización ha quedado abolida en poco tiempo. Y lo mejor de esta miniserie no está en las interpretaciones, ni en los diálogos -que, en muchas ocasiones, provocan vergüenza ajena-, sino en el retrato de ese mundo donde ya nada tiene sentido. Los gobiernos no existen, ni las leyes, sólo la imperiosa ley de la supervivencia. Y esas cartas las juega la serie a la perfección.
Es cierto que toma prestados elementos de 28 días después -el despertar en el hospital-, de Amanecer de los muertos -el grupo humano refugiado en un supermercado-, y que desconozco el cómic original, pero Frank Darabont consigue dejar a los zombis como telón de fondo de un grupo de personas cuyas disputas y tensiones son el auténtico centro del relato. La desesperanza, la reflexión sobre el fin de la especie o el sentido de la vida, el profundo pesimismo del relato brotan a cada paso. También hay emoción, y tensión bien resuelta, y el equilibrio entre la acción y la descripción es perfecto. Sobran, como digo, algunos diálogos penosos. Y, sobre todo, sobraría una continuación. El final abierto -pero lógico- sería pulverizado por una segunda temporada.
Quedan para el recuerdo algunos momentos espeluznantes, dignos del mejor cine: toda la secuencia del tanque; la hermana esperando el despertar de la otra hermana; el abandono del compañero hiperviolento esposado a la cañería... Y jamás podré olvidar el camino de dos personajes embadurnados en vísceras de zombi para pasar desapercibidos entre una multitud de no-muertos, donde uno parece seguirlos a un palmo de sus nucas.