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jueves, 3 de marzo de 2011

Poesía



Un nombre imposible más para mi castigada memoria: Lee Chang-Dong. El director de Poesía muestra, en una narración pausada y rica -como el río con que empieza y termina el film-, la vida de Mija, una sexagenaria que vive en una ciudad innominada de Corea. Su vida no es un lecho de rosas: la hija vive fuera y es ella quien se ocupa del mantenimiento y la educación del nieto, un adolescente huraño y violento. Por otra parte, el médico acaba de diagnosticarle un incipiente alzheimer. Y, a pesar de todo, es una mujer sonriente, delicada, acostumbrada a pasar por todo el fango de la realidad sin mancharse demasiado. Ver a la viejecita vestida con elegancia insólita en el barrio, contemplar su caminar elegante, nos hace consciente de que Mija es un espíritu diferente, incontaminado. Y, al final de sus días de conciencia, se propone una tarea que siempre ansió: aprender a escribir poemas. Por eso acude a un taller literario y se enfrenta a la tarea de la creación poética. La belleza como absolución de todas las fealdades de la vida, incluso como una forma de redención, es el tema central de esta obra hermosa, pausada, atenta a los pequeños gestos más que -a pesar del título- a las palabras. 
Poesía es también una reflexión sobre el paso del tiempo, la destrucción de la memoria y, sobre todo, la constatación de cómo ese paso del tiempo consigue instalarnos en un mundo cada vez más incomprensible. La figura del nieto -violento, haragán, maleducado, inhumano- se nos antoja una pesimista visión sobre un presente demencial, que debería no ignorar un pasado -la abuela- del que debería aprender mucho para alcanzar algún sentido. 
Una película hermosa, discreta y tímida, como su protagonista, que demuestra unas dotes interpretativas soberbias, merecedoras de todos los premios del mundo.

martes, 15 de febrero de 2011

El masajista




Diferentes festivales -en especial el de Cannes, tan selecto- se han empeñado en dar a conocer mundialmente las películas de cinematografías esquinadas, y en estos años le está tocando el turno a la filipina, entre otras. Brillante Mendoza y Raya Martin ya han sido catapultados a la categoría de cineastas de culto, y sus obras pretéritas ya no pueden ser miradas sino con una cierta devoción, con atención cinéfila. 
No quisiera pecar de exigente tratándose de una ópera prima, pero El masajista, de Brillante Mendoza, no es nada del otro mundo. Se trata de una película discreta, llena de torpezas, y también de aciertos aislados. Quizá el aire amateur que se desprende del conjunto es algo buscado, pero da la sensación de que el director ha intentado hacer virtud de la escasez de medios, lo cual es perfectamente legítimo siempre, y más en una cinematografía tercermundista. Al menos el director no ha caído en la tentación de tantos auteurs, la de oscurecer su discurso para hacerlo parecer interesante. 
El masajista del título es Iliaco, un joven de veinte años que trabaja en un local de masajes y prostitución para gays, aunque él es heterosexual. Durante todo el metraje, la película nos narra dos acciones paralelas: por una parte, el encuentro con uno de sus clientes, desde que éste entra hasta que sale. Masajista (chapero) y cliente hablan y establecen una relación que, por un momento, parece que va a sobrepasar lo estrictamente mercantil. El cliente trata al chapero con desapego, incluso con desprecio -él es escritor, perteneciente a una casta superior- y al final lo estafa, no acaba de pagarle todo el dinero que acordaron. En montaje paralelo, y con textura de cámara de vídeo, el director superpone otra trama: Iliac viaja hasta la casa familiar para visitar a su padre enfermo y se entera de que ha muerto. Esta segunda trama nos cuenta, con pormenor de detalles, todo el ritual del amortajamiento, velatorio, entierro y nuevo viaje hacia el punto de partida. Asistimos a los orígenes de Iliac y nos explicamos que se dedique a cualquier cosa con tal de huir de ese barrio, de ese mundo. El padre abandonó a la familia y sólo volvió cuando se supo herido de muerte por la cirrosis. Sólo al final descubrimos -cuando Iliac cree ver el rostro de su padre muerto en la del cliente- que la primera trama es posterior a la segunda, un poco a la manera de Tarantino. Es el único manierismo del film, que por otra parte es transparente, carente de artificios significativos.
Ese mundo sórdido no está tratado de forma morbosa, sino con total naturalidad. Asistimos a una jornada laboral rutinaria: conversaciones de espera de los chaperos, billar y baloncesto nocturno, y luego, el trabajo extenuador con el cliente: primero un masaje completo -agotador- y luego los "servicios"; el chapero acaba su jornada y sale: su novia lo espera en un taxi y se marchan. El último plano, idéntico al primero, nos muestra la entrada de un nuevo cliente y volvemos a escuchar las mismas palabras del proxeneta anunciando su mercancía. oídas justo en el comienzo del film. En ese momento el director descubre las cartas que había estado insinuando desde el principio: la pobreza empuja a conseguir dinero a cualquier precio. Aunque la película no juzga ni discursea -afortunadamente-, percibimos gracias a la estructura circular qué clase de vida indigna va a llevar el pobre Iliaco, día tras día, hasta que su cuerpo se marchite. Es la metáfora del tercer mundo, condenado a prostituirse a cualquier precio.
Las buenas intenciones del film chocan con la torpeza de muchas secuencias, con la inanidad de lo narrado, que hace que el espectador se pregunte muchas veces qué sentido tiene seguir asistiendo a esa lista de actos insignificantes. Pero ya digo: se trata de una ópera prima. Espero que el resto de la filmografía de Brillante Mendoza sea más interesante, a juzgar por lo que visita la Croisette. Ya veremos.

martes, 8 de febrero de 2011

Ciudad de vida y muerte



Mientras se ven las hermosísimas -y escalofríantes- imágenes de la última película de Lu Chuan (las anteriores me son desconocidas), es imposible no situarse en la tradición del mejor cine bélico: si el tráveling por las trincheras del comienzo remite a Senderos de gloria, la ambición del conjunto, el personaje colectivo y la mirada compasiva sobre el dolor humano y el horror de la guerra nos recuerdan al Spielberg de La lista de Schindler, sobre todo. Pero donde el norteamericano abría un resquicio a la esperanza en la figura del protagonista, que libraba de la muerte a muchos judíos, Lu Chuan es más crudo y pesimista. No hay escapatoria, ni coartada, parece decirnos: el ser humano es inhumano, cruel, una bestia capaz de las mayores atrocidades. Aunque hay personajes que tienen gestos generosos y heroicos, lo que predomina en el conjunto es una visión terrible sobre el hombre. 
Estéticamente, la película apabulla por la belleza de sus encuadres y composiciones, por el blanco y negro espectacular, dramático, épico  y lírico a la vez. Las composiciones, en particular, me hicieron recordar al clásico bélico de Kubrick. También lo recuerda en su espíritu crítico y nihilista, aunque en la que nos ocupa aparecen, aquí y allá, algún brote de esperanza. He leído en algún sitio que la intención de esta producción china era criticar a sus sempiternos enemigos, los japoneses, pero yo no lo creo así. Lo que se te queda en la mente no es "Qué malos fueron los japoneses" sino "Qué cruel es el ser humano".
El argumento es sencillo: después de tomada la ciudad china de Nanking por los japoneses en el curso de la Segunda Guerra Mundia, los invasores demuestran una crueldad sin límites sobre los prisioneros y cometen las mayores atrocidades. Aunque el protagonista es colectivo, hay algunos personajes que le sirven al director para presentarnos diferentes realidades: el sirviente chino de un diplomático alemán (y la familia del primero), un soldado japonés que -lo vemos en su mirada- se va afectando cada vez más por los horrores que ve cometer a su alrededor y una mujer china que intenta luchar por todos sus compatriotas dentro de la zona de seguridad. Los tres le sirven al director para contarnos, de forma dura y sensible a un tiempo, diferentes episodios que se van acumulando hasta llegar al clímax final. De las escenas del principio, épicas, multitudinarias, se pasa al intimismo atormentado, solitario, del final. Después del horror, la vida y la esperanza y la alegría y el olvido son posibles, parece decirnos el director. Pero un servidor no podrá olvidar ciertas escenas: la carretilla colmada de cadáveres de mujeres desnudas que decidieron entregarse para salvar a las demás; una niña arrojada por una ventana; las matanzas de soldados prisioneros en la playa; las risas finales del niño; los enterrados vivos... Como digo, la película es una suma de episodios que en algunos momentos -cabezas colgadas de los árboles, por ejemplo- recuerdan los desastres de la guerra de Goya. La tradición narrativa elegida es la occidental (Spielberg, Eastwood, Kubrick), tanto en la composición como en el montaje, como si China se hubiera encargado de producir una gran película para que Occidente vea de lo que es capaz, y no sólo en el terreno económico. El gigante asiático demuestra su poderío una vez más, y a los espectadores nos deja el corazón estrujado y los ojos húmedos.




jueves, 13 de enero de 2011

Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas



Yo no sé si tanto ver cine y leer críticas no me ha servido de nada, o si todos los críticos están ansiosos por descubrir a un nuevo Genio del Séptimo Arte. Me explico. Llevo toda la vida amando el cine, disfrutando con él, y poco a poco se han ido deshaciendo prejuicios que tenía contra ciertos géneros o directores. Creo que soy de mente abierta y gusto amplio, igual que también considero que no tengo mal paladar para las buenas películas, así que cuando he visto Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas y no me he derretido por dentro de placer mientras la veía, he pensado: "Aquí hay un problema: o las críticas entusiastas que he leído sobre ella exageraban, o yo no sé discernir cuándo una película es excepcional". Siendo mucho más probable lo segundo que lo primero, no deja de sorprenderme ese afán de los críticos, como decía antes, por ser descubridores de gemas exquisitas -si es en cinematografías exóticas, mejor que mejor- cueste lo que cueste.
No se trata de que la última película de Apichatpong Weerasethakul -¡toma nombre para memorizar!- haya obtenido la Palma de Oro en Cannes (hay muchas palmas de oro que no me han parecido nada del otro mundo), sino de que su estreno en España (y en las crónicas del festival de festivales) ha venido precedido de una catarata de críticas deslumbradas, reverenciales, ante el que muchos consideran un cineasta con mayúsculas, uno de los llamados a renovar el lenguaje cinematográfico. Y yo he leído muchas de ellas, y tenía unas ganas enormes de disfrutar ante el motivo de tantas loas. Y lo que he visto me ha gustado bastante, pero no ha producido la conmoción estética que yo esperaba y deseaba, y eso me ha dejado con mal sabor de boca. Dicho esto, pasemos a la película.
Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas nos cuenta los últimos días ese tío Boonmee del título (¿por qué habrán conservado el inglés en el título español?), que vive en la selva, en una casa sencilla pero agradable, y que es dueño de un terreno donde trabajan varios peones. Para acompañar a Boonmee han venido de la ciudad un enfermero y cuidador -Boonmee tiene un problema renal grave- y la cuñada del enfermo. La película nos narra, de forma sencilla y a la vez enigmática, los pequeños actos de esos personajes y otras historias que el espectador ha de averiguar cómo ensamblar con el conjunto -la huida de un buey al principio, un cuento fantástico-erótico y un final desconcertante). En medio de un ritmo sereno, plácido, donde la inminencia de la muerte no provoca nervios, ni llantos, ni dramatismo alguno -el enfermo se refiere varias veces a su propia y cercana muerte sin atisbo alguno de pena-, circundados por una selva espesa, hermosa y misteriosa, mientras charlan después de la cena en el porche, vienen a visitar a estos personajes el fantasma de la mujer de Boonmee, muerta hace muchos años, y el hijo de ambos, que regresa convertido en un espectro peludo de ojos rojos, a medio camino entre el hombre-lobo y Chewbacca. Ambos seres se sientan en el porche con los vivos, cuentan cómo les va en su existencia de no-vivos, y los vivos les hacen preguntas sobre el más allá- con la misma naturalidad con que hablarían con ellos si vivieran. La película resulta fascinante, sobre todo, por el poderío visual que el director sabe imprimir a sus imágenes, por su capacidad para sugerir sin mostrar, por el modo en que, durante dos horas, el espectador se sumerge en una experiencia diferente a cuanto haya visto antes. A mí me resultó especialmente turbadora la coexistencia de la vida y la muerte, con una armonía difícil de encontrar en las cinematografías occidentales. Claro que  no sé si eso es mérito del director o una característica cultural o religiosa de la zona. Lo que sí es mérito del director son las imágenes, que son sencillas y al mismo tiempo misteriosas, poéticas. Al parecer, para apreciar todo el potencial de la película -según las críticas y las entrevistas hechas al director-, habría que conocer el cine popular thailandés, porque toda la película es un homenaje a esas diferentes formas de cine popular, lo cual hace que un espectador occidental se pierda ese disfrute -a excepción de los críticos, claro-; además, y siempre según los críticos, la película es una reflexión sobre el mismo cine, sobre su capacidad fantasmática (sic). Yo, por supuesto, no he captado nada de eso, pero ello, además de la oleada de alabanzas que la precedía, no ha obstado para que haya pasado un muy buen rato disfrutando de un mundo absolutamente diferente al nuestro, donde la vida y la muerte coexisten sin violencia, y donde lo real y lo extraordinario se traban de forma natural y sorprendente.

martes, 21 de diciembre de 2010

Wonderful Town

Empezaron siendo unos pocos, pero ya son muchos los directores de cine asiáticos que han demostrado ser lo suficiente interesantes como para seguirles la pista, pero me considero incapaz de retener esos nombres endemoniados, por mucho que me guste la película. Kurosawa se me quedó, como se quedan los nombres de los clásicos; luego Zang Yimou, que durante varias películas hermosísimas nos convenció de que el cine chino merecía la pena. Luego se dejó caer por una pendiente legendaria y esteticista que me interesa bastante poco. El último nombre que se me ha quedado ha sido el del no menos esteticista Wong Kar-Wai. Y he visto muchas películas asiáticas que me han encantado, pero no recuerdo a sus directores. El nombre del director de Wonderful Town, Aditya Assarat, lo olvidaré en poco tiempo, pero el recuerdo de su película de 2007 tardará mucho tiempo en borrárseme de la memoria. Como en Naturaleza muerta, de Jia Zhang Ke -otro nombre que habré olvidado de aquí a diez minutos-, el director se sitúa en un tiempo histórico concreto: tres años después del tsunami. Y la sombra de ese tsunami, sin ser obvia, planea y respira por la película entera. Los personajes se dedican a reconstruir sus vidas y sus edificios, y a intentar vivir sin los ausentes. Y, sobre todo, se entregan al amor. Un amor sencillo, sin empalagos ni dramatismos, que florece en un verdadero paraíso destrozado, en un lugar alejado de todo, en medio de ningún sitio.
La película, con una sencillez y una melancolía pasmosas, nos cuenta el nacimiento y desarrollo de un amor de imprevisibles consecuencias. Un amor hecho de naranjas, picnics en el campo, recogida de toallas secas en el tendedero, hoteles casi vacíos, lluvias repentinas. Y me lo creo todo, y me emociono. La naturaleza y los personajes se convierten en uno, dos personajes solitarios que aprenden a mirarse a los ojos, a echar de menos el olor del otro.